"Ese instante en el que la vida se detiene de repente para que yo la capture con mi máquina"

La fotografía es ADMIRAR LO COTIDIANO

La fotografía es PLASMAR HISTORIA

La fotografía es captar el MOMENTO ADECUADO

La fotografía es ARTE, PASION Y SENTIMIENTO

La fotografía es DELICADEZA Y SENSIBILIDAD

La fotografia es PACIENCIA Y ARMONIA

La fotografía es SABER ESPERAR

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Tras mi foto, ¿Por qué?

TRAS MI FOTO es el motivo que me ha llevado a compartir con el mundo algunas de las aficiones que más llenan mi vida y que ocupan gran parte de mi tiempo libre.
La fotografía y la escritura me proporcionan la libertad que necesito. Con ellas expreso mis sentimientos, mis vivencias y mis inquietudes.
TRAS MI FOTO es un baúl, el cual iré compartiendo y llenando, poco a poco, paso a paso y foto a foto.
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martes, 16 de abril de 2019


Una última mirada


La vida no dejará jamás de sorprenderme, aunque en algunas ocasiones, los hechos no sucedan como deseara.

Hoy, el corazón de mi amigo Blas dejó de latir, pero depuso su palpitar tan sólo en su maltrecho cuerpo, para extender su rocoso y cadencioso movimiento en el corazón de todos los que, de una u otra forma, lo hemos conocido y sabido de su historia.

Su leyenda va a estar siempre ligada a mi vida. Estuve junto a él momentos antes de su inesperado y dramático destino, lo que hizo darme cuenta de lo efímero de cada situación.

Mis últimos momentos con él fueron en el interior del templo, mientras preparaba su zona de la tarima bajo el Trono de la Oración en el Huerto, antes del comienzo de su procesión.

Con mimo y delicadeza ataba su curtida almohadilla de color corinto a los fuertes enganches del viejo estrado de madera.

Concentrado en su quehacer, y con los nervios propios del momento que cualquier nazareno tiene antes del ansiado desfile procesional, iba dando forma, lazada a lazada a su inseparable albarda, mientras los ecos de los leves chasquidos de la madera amenizaban el solitario templo con su característica sonoridad.

Junto a él, su inseparable estante de madera, rocoso y poderoso como él, reposando sobre la tarima y protegido por el capuz que lucirá sobre su cabeza durante toda la Procesión.

Va colocando en orden su enorme ”sená”, repleta de caramelos, de huevos y de esponjosas monas que, como cualquier buen nazareno de nuestra tierra, tiene a bien entregar a todo el que disfruta viendo la procesión discurrir por las viejas calles de la ciudad.

Se ajusta con elegancia el nudo de la corbata, se ciñe el cíngulo a su cintura, se estira las medias de repizco, puntea contra el suelo las esparteñas de carretero, acaricia las perlas del rosario, se ajusta la chaqueta y se va colocando con sutil serenidad el capuz sobre su cabeza. 

Por las puertas laterales del templo van entrando, poco a poco, más nazarenos ocupando su zona bajo una tarima o bajo una vara, mientras repiten semejante ritual que él.

Se va acercando la hora. Algunos rayos de luz adentran por los pequeños resquicios de la madera de la puerta principal impregnándolo todo de luz.

El templo va murmullando cada vez más y nos continúa deleitando con el suave perfume de toda clase de flores que embellecen el resto de los Tronos.

Al mismo tiempo, una misteriosa bruma envuelve, como un halo, todo nuestro entorno generando una atmósfera diferente.

Ya queda poco para el comienzo y el ambiente por las calles de la ciudad ya susurra arte, pasión y tradición, mientras Blas da el último apretón a las lazadas de su experimentada y “corinta” almohadilla. 

Ahora sí. Ya tiene asegurado su gran apoyo. Todo está preparado. Su vista se gira hacia el Cristo, hacia su Cristo, mientras reza en silencio y apoyado en su rocoso estante, suplicando que todo salga bien.

Una mirada entre él y yo, mientras fotografío, por última vez, su solitaria albarda perfectamente amarrada sobre la vieja viga de madera del viejo y dorado Trono.

“Todo está ya preparado”, pareció decirme con sus ojos.

Esa fue su última mirada, su último gesto. Esa fue la última vez que lo vi con vida.

Cayó súbitamente al suelo, sin que pudiera hacer nada por él, y siempre a su lado el rocoso y poderoso estante.

Bruscamente cambió el guion de los acontecimientos, y a partir de ese momento, iba a ser todo muy diferente.

No sé si fue su fe, o su devoción, o su pasión, o tal vez las tres motivaciones al mismo tiempo, las que han tenido a bien trasladar a Blas a otro lugar mejor.

Su última mirada, la que nos cruzamos aquella tarde en el interior del templo, será siempre para mí muy alargada. 

Lo que está claro es que los acontecimientos pudieron haber ocurrido de cualquier otra manera, sin embargo, sucedieron así.

D.E.P. Blas

Ricardo López Rubio.
Datos EXIF : D750 - ISO 100 - F/7.1 - 1/100 sg.


lunes, 11 de febrero de 2019


Una mirada penetrante




En aquella mañana primaveral su penetrante mirada coincidió con la mía.

Sus preciosos ojos azules, semi ocultos, me apresaron.

Sentí por unos instantes que pretendían decirme algo.

Fueron unos efímeros segundos delante de mi objetivo.

El tiempo suficiente para retener ese momento y esa mirada. 

Se marchó lentamente, sin dejar de mirarme.

Jamás sabré quien fue quien me miró con aquella inolvidable y penetrante mirada.

Datos EXIF : D750 - ISO 100 - 200mm - f/7.1 - 1/200 sg.

martes, 21 de agosto de 2018

La vida a veces



La vida a veces sorprende con situaciones y personas capaces de hacer sentir de forma diferente.

Personas que hacen valorar y recapacitar sobre algunos aspectos olvidados de la vida e incluso otros donde no llegaba a imaginar.

Me encontraba haciendo unas fotos a mi mascota cuando un hombre se acercó a mí mostrando interés por lo que estaba realizando. Mantuvimos una larga conversación y me contó varios aspectos de su vida pero sobretodo me conmovió una historia muy emocionante.

Ese día no sería uno cualquiera aunque nada le hacía prever, en aquella destemplada mañana de primavera de mil novecientos ochenta, que los sucesos ocurridos le acompañarían en la memoria para el resto de su vida.

Tras abrir aquella pesada puerta y abrazado siempre a él, entró al lugar donde su corazón no deseaba acudir aunque su mente le exponía una y otra vez lo contrario.

Es una pequeña sala, limpia, diáfana, de paredes blancas, adecuadamente iluminada y decorada con grandes fotografías de sugerentes paisajes y llamativos colores.

Está rodeada con cómodos asientos de color azul cielo y en el centro hay una pequeña mesa de cristal y, sobre ella, algunas revistas desordenadas y antiguas.

Resguardando el interior hay una gruesa cortina de tela blanca en la que, a través de ella, se ve la imprecisa silueta de la gente transitar de un lado para otro ajena completamente a todo lo que sucede tras esa pesada puerta.

Con la mirada fija, sin parpadear y perdido en ese cercano y ajetreado horizonte, analiza el indefectible sentido de la vida, con su continuo e incesante ir y venir, a pesar de los obstáculos y dificultades de cada día.

Lentamente trascurre el tiempo y el silencio se van apoderando de ese reducido espacio. 

Tan sólo escucha el sutil golpeo de las delicadas y fatigadas manecillas del viejo reloj que aún conserva consigo mientras el tiempo avanza inescrutablemente al instante que está por llegar.

Aprovecha esos íntimos y últimos momentos de silencio y soledad para conversar con él, mientras recuerda algunos de los muchos pasajes vividos de los postreros años. 

El primer día en casa, las interminables confesiones, los juegos, los silencios, los paseos, las fiestas, los viajes…

El murmullo de algunas personas en una sala contigua, cuyas voces reconoce, rompe el profundo silencio acelerando la sensación del paso del tiempo.

Siente como se acerca el momento mientras lo rodea firmemente entre sus brazos sintiendo su calor, su olor y escuchando el cadencioso ritmo de sus últimos latidos.

Una pequeña puerta se abre lentamente, sin pretender hacer ruido y no sobresaltar el profundo e íntimo silencio del momento. Es la hora. 

Atraviesan un pasillo, fuertemente abrazado a él, al mismo tiempo que sus acelerados latidos se entremezclan creando la sensación de un solo cuerpo y una única alma.

Se miran fijamente en un último intento de evitar lo inevitable pero la mente continúa imponiendo su riguroso razonamiento de este momento.

Ahora siente sus latidos más pausados, más espaciados unos de otros.

Lo mira con profundo abatimiento mientras lo acaricia suavemente por todo el cuerpo. 

Pasan unos minutos y sus ojos se van cerrando lánguidamente al mismo tiempo que sus latidos son más tímidos, más débiles y más distantes.

Es el momento del adiós y una extraña sensación de paz y de connivencia les envuelve a ambos mientras su débil corazón, casi sin darse cuenta, deja de latir definitivamente.

Todo ha ido bien. Descansa amigo mío. Ya ha terminado todo.

Y lloró al fin.
Ricardo López Rubio.
(Datos EXIF - D7100 -ISO 500 - f/2.8 - 1/1000 sg)


martes, 17 de abril de 2018

En aquel lugar




Hoy he recordado unos antiguos pedazos de mi infancia mientras me encuentro en este lugar pretendiendo recoger con mi cámara fotográfica una imagen que retenga la emoción y contenga un sentido conveniente. 

Estoy donde solía venir con mi padre con relativa frecuencia, o por lo menos así lo recuerdo, hace muchos años. 

Acudíamos aquí porque sabía perfectamente que era un lugar que me gustaba mucho y así me lo ha recordado en numerosas ocasiones a lo largo de mi vida.

Habitualmente veníamos los sábados y domingos por la tarde después de comer y donde pasábamos juntos mucho tiempo.

Para entrar recuerdo bajar por una escalera de grandes y bastos peldaños de piedra tras atravesar una puerta de gruesos barrotes de hierro y siempre cogido de la mano de mi padre. 

Era un lugar encantado, enigmático, enorme, silencioso, mágico, evocador, ilusionante, incomparable.

Un lugar cubierto de vegetación, repleto de grandes y frondosos árboles y envuelto todo en una atmósfera, un olor y un ambiente en el que se respiraba de modo diferente.

Se escuchaba el sonido del agua y el crujir de la hojarasca a nuestro paso, mientras caminábamos, tranquilamente, por las sendas medio ocultas debido a la cantidad de hojas secas que alfombraban este lugar.

Había pequeñas fuentes distribuidas por todo el entorno y, algunas de ellas, estaban ornamentadas con efigies de piedra hosca y mohosa mientras soltaban incesantes caños de agua en su interior.

Los cánticos de las diferentes variedades de aves, ocultos tras la frondosidad de los árboles, creaban una sinfonía de sonidos que envolvía aquel entorno haciendo mágico el paseo.

A través de las ramas se vislumbraban algunos rayos de sol formando una secuencia de luces y sombras que se reflejaban en los troncos, en las ramas y en las fuentes de aquel lugar.

Oxidados enrejados de hierro envolvían pequeños parterres asegurando algunas flores y unas pequeñas cajas de madera, sujetas en algunas ramas, hacían las veces de casa nido para las distintas especies de aves que anidaban en aquel encantado lugar.

A lo largo del recorrido mi padre, siempre tras de mí, cogía con paciencia pequeñas piedras del camino mientras yo correteaba buscando aquel espacio secreto tan especial para mí.

Estaba al final de este lugar, en un extremo y oculto tras unos grandes y frondosos árboles.

Recuerdo entrar por entre dos grandes troncos y sentir que aquel mágico lugar era mío. Una especie de escondido tesoro que sólo mi padre y yo conocíamos y que tan sólo mi padre y yo podíamos disfrutar.

Al fondo había una gran pared de piedra engalanada con salvajes matorrales y en uno de los extremos una imponente y sombría escultura de piedra que parecía cuidar de aquel lugar. 

Era un espacio con un pequeño estanque, con abundante cantidad de agua, y vegetación. Allí me gustaba ir para lanzar pequeñas piedras, esas que mi padre iba cogiendo por el sendero recubierto de hojarasca.

Era un remanso de agua que alojaba a pequeños renacuajos y sobre el que flotaban algunas hojas caídas de los grandes árboles que bordeaban ese recodo de aquel lugar tan especial.

Disfrutaba lanzando, uno a uno, esos pequeños cantos rodados, viendo cómo se formaban las concéntricas ondas y escuchando el “blup, blup” al golpear contra el agua.

El sonido del silencio sólo roto por ese amortiguado eco y por el viento azotando en las copas de aquellos enormes árboles era nuestro único testigo.

Hoy, veo incrédulo, como no queda ni rastro de aquel vergel, ni la sinfonía de las aves, ni aquellos senderos cubiertos de hojarasca, ni las pequeñas fuentes de piedra hosca y mohosa, ni esa atmósfera especial donde se respiraba de manera diferente, ni el sonido del silencio que sólo se rompía con el “blup, blup” al arrojar una piedra a aquel remanso de agua.

No queda nada donde tanto disfruté junto a mi padre; tan sólo ese añorado lugar en mi frágil memoria.

Lo que en otro tiempo fue un jardín botánico hoy es un lugar estropeado, maltratado y continuamente acosado por el ser humano.

Un lugar donde agonizan algunos de aquellos viejos árboles que albergaban pequeñas casas nido y daban forma a aquel encantado lugar creando un remanso de paz y de silencio.

Tal vez, la escalera de grandes y bastos peldaños de piedra, culminada en una puerta de gruesos barrotes de hierro y hoy, anulada con un gran candado, es el único vestigio que permanece.

Gracias a esta antigua puerta he conseguido rememorar una parte de mi infancia, aunque siento mucho que esa escalera ya no lleve a ninguna parte.

Ricardo López Rubio
Datos EXIF (D7100 - ISO 100  - 12 mm - f/5.6)

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