"Ese instante en el que la vida se detiene de repente para que yo la capture con mi máquina"

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Tras mi foto, ¿Por qué?

TRAS MI FOTO es el motivo que me ha llevado a compartir con el mundo algunas de las aficiones que más llenan mi vida y que ocupan gran parte de mi tiempo libre.
La fotografía y la escritura me proporcionan la libertad que necesito. Con ellas expreso mis sentimientos, mis vivencias y mis inquietudes.
TRAS MI FOTO es un baúl, el cual iré compartiendo y llenando, poco a poco, paso a paso y foto a foto.
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martes, 13 de septiembre de 2016



Aquel hombre.


La curiosidad provocó que detuviera mi camino.

Allí estaba. Sólo. Sentado sobre un frío asiento de piedra, junto a una vieja farola de oxidado hierro y rematada por una pequeña bombilla de luz incandescente.

Con pelo largo, encanecido, barba hosca y descuidada, tez morena y surcada y medio cubierto por su anaranjada gorra de tela recia. De mediana estatura y no más de setenta años creo yo.

Vestía ropa aparentemente limpia y  humilde. Pantalón largo, camisa remangada, zapatillas deportivas y portaba una pequeña mochila mientras, entre sus manos, sujetaba firmemente un retorcido bastón de madera oscura.

Parecía cansado, con la cabeza baja,  absorto en sus pensamientos y la mirada puesta en el inalcanzable horizonte que atisbaba delante suyo mientras descansaba, con dificultad, sus arrugadas manos sobre el retorcido bastón de madera oscura.

Lo observaba detenidamente, protegido tras mi cámara de retratar y apoyado sobre el tronco de un viejo árbol guardando cuidadosamente la distancia entre ambos para no interrumpirlo ni importunarlo.

Me preguntaba quién era aquel hombre de barba hosca y descuidada que consiguió detener durante unos minutos mi camino procurándome paz con tan sólo verlo sentado.

La curiosidad provocó que detuviera mi camino.

Allí estaba. Sólo. Sentado sobre un frío banco de piedra, junto a una vieja farola de oxidado hierro y rematada con una pequeña bombilla de luz incandescente.

Asomaba pelo largo, encanecido, barba hosca y descuidada, tez morena y surcada y medio oculto por su anaranjada gorra de tela recia.

De mediana estatura, corpulento y no más de setenta años creo yo.

Vestía ropa aparentemente limpia y muy humilde. Pantalón largo, camisa remangada, zapatillas deportivas y portaba una pequeña mochila, mientras entre sus manos, sujetaba firmemente un retorcido bastón de madera oscura.

Parecía cansado. Cabizbajo. Abstraído en sus pensamientos y la mirada perdida en el inalcanzable horizonte que divisaba ante sí mientras descansaban, con dificultad, sus arrugadas y temblorosas manos sobre el retorcido bastón de madera oscura.

Lo observaba detenidamente, abrazado a mi cámara de retratar y apoyado sobre el adusto tronco de un viejo árbol, guardando celosamente la distancia entre ambos para no interrumpir ni importunar el momento.

Me preguntaba quién era aquel hombre de barba hosca y descuidada que consiguió interrumpir mi camino procurándome paz con tan sólo verlo sentado sobre aquel frío banco de piedra.

Me preguntaba quién era aquel hombre de tez morena y surcada que tanto me inquietaba y observaba con tanto interés ese inalcanzable horizonte.

Tras unos instantes, aquel hombre se levantó lentamente del frío banco de piedra y reinició con torpeza su marcha ayudado por su retorcido bastón de madera oscura.

No le perdí de vista mientras se alejaba de allí por un sendero serpenteante, polvoriento y pedregoso. Caminaba cabizbajo y asomando, tras su anaranjada gorra, su pelo largo y encanecido.

Me acerqué al banco de piedra y tomé asiento en el mismo lugar que él.

Deseaba ver y sentir lo mismo que aquel hombre de manos temblorosas y que tanto me inquietaba.

Por fin descubrí el maravilloso espectáculo que ofrecía ese pequeño “mirador” engalanado por la extraordinaria luz crepuscular de aquel cautivador atardecer.

Admiré la inmensidad del mar que se presentaba ante mí. Escuché el murmullo de las olas, que con su intenso olor y color, delataban su majestuosa figura mientras salpicaban mi rostro al chocar cadenciosa y bruscamente sobre las erosionadas y negras rocas del cantil.

Fueron unos instantes de paz, soledad y conformidad con uno mismo. Se avivaron muchos recuerdos del pasado que, con su presencia, no hicieron más que urgir profundos sentimientos, dar sentido al presente y recapacitar ante el enigmático futuro que aún estoy por alcanzar.

Ahora que ha pasado mucho tiempo, lo que si me inquieta saber es que de los rostros que me surgen del pasado, el que veo con más claridad, es el de aquel hombre de barba hosca y descuidada que provocó que detuviera mi camino.

No sé si fue un sueño, o tal vez la realidad. En cualquier caso nunca he dejado de recordarlo durante todos estos años.

Jamás lo volví a ver…
y jamás…

jamás supe su nombre.

Ricardo López Rubio
Datos EXIF (D7100-ISO 100 - 200mm - f/5,6 - 1/200 sg)

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